Relación no localizable

Subidas y escaladas y obsesiones y cimas y explosiones y momentos fugaces experimentados como eternos y bailes y bajadas y descensos y caídas. O fragmentos sueltos y reenlazados de Cosas que hacen BUM, de Kiko Amat.

Posted in Uncategorized by Serafín Álvarez on January 9, 2010

“La obsesión es una fiebre. Una rabia loca, enfocada hacia un solo punto, que empieza a acelerar sin que nadie pueda detenerla. La obsesión es un deseo multiplicado, y ese deseo me ha llevado hasta aquí.

Estoy volando a 111 km por hora en dirección a un árbol del camping La Ballena Alegre, en la autovía de Castelldefels. Cuando impacte contra él, mi cuello se partirá como un barquillo mojado en champán, pero de momento estoy paralizado en el aire en la postura de volar. Soy una pieza de taxidermista, suspendida del cielo por hilos de oxígeno.

Los ingleses tienen una expresión para eso: mid-air.

Espero que esta parálisis pasajera me dé el tiempo suficiente para contar lo que tengo que contar; es una historia bastante larga. Estoy volando a 111 km por hora porque hace un segundo estaba subido a una Vespa 160, conduciendo sin manos. Me subí a la Vespa porque antes intenté realizar el Último Vals Salvaje, y falló. Mi Último Vals Salvaje era la única manera que encontré para extirpar la obsesión. Ésta es una historia de obsesiones.”

[280 páginas después, en el mismo libro]:

“Levanto los dos brazos al cielo, ya no veo, mis ojos son ciénagas, y cuento: un-dos-tres, un-dos-tres. Mis últimos pasos de baile, que nadie me pudo quitar.

Una carcajada partida brota de mi garganta, como lija, una risa de coyote al cielo, una risa que es como un dolor que explotase, como un daño de goma 2. Éstas son las cosas que hacen BUM, esto fue el último estoque, el último baile. ¿Me lo concedéis? Cuando la Vespa se desliza hacia el arcén, aún estoy riendo. Un golpe así, casi nunca lo sientes. Un golpe así, es sordo y fantasmal; no lo sientes. Éste es el BUM final de las cosas que hacen BUM. El BUM final de Pànic Orfila, la única manera posible de terminar con las cimas y las cuestas [Since you left me, it's an uphill climb to the bottom].

Todo se vuelve oscuro, la música termina, los discos se rompen, acaban los Grandes Gestos, que nadie pregunte nada. Todo está claro. Todo está contado. Todos los guijarros están desperdigados por el camino, la obsesión me ha matado, no fui yo. No tengo la culpa, ahora lo veo.

Porque soy lo que soy. Soy la obsesión, y la obsesión rompe y quema. Nadie puede entenderlo.

Nadie puede entenderlo, y ahora ya no importa.

Estoy volando a 111 km por hora en dirección a un árbol del camping La Ballena Alegre, en la autovía de  Castelldefels. Cuando impacte contra él, mi cuello se partirá como un barquillo mojado en champán.

Pero de momento aún estoy paralizado en el aire. El tiempo se hizo barro, y el aire, membrillo. Lo conté al principio, hace 280 páginas. Congelado en el aire.

La expresión inglesa era: in mid-air.

Veo una de mis lágrimas estática cerca de mi cara, como un diamante volador, y me doy cuenta de que queda poco tiempo para que esta parálisis pasajera termine abruptamente. Ya conté mi historia; en un instante, el membrillo se fundirá y yo continuaré mi breve periplo hacia la fractura cervical.

Supongo que esto, ahora sí, se acaba. Estoy contento de haber podido contar lo que conté. Yo sólo quería hablar de la obsesión y, mientras lo hacía, me he dado cuenta de lo que soy.

-A la mierda -murmuro cuando desaparece la parálisis, a nadie en concreto, al árbol que me espera. Y esbozo media sonrisa de huevos estrellados.

Huevos estrellados.

Me matas, Pànic. Me matas.”

[Algunas páginas antes]:

“-Te dejas esto -me dice Eleonor a lo lejos, abriendo su mano en la distancia.

Yo giro la cabeza un momento.

Es mi vida, hecha añicos. En la palma de su mano. Con sus cimas soleadas y sus valles oscuros [Since you left me, it's an uphill climb to the bottom] llenos de mierda y dolor. Todo se antoja inútil, de repente.

-Ya no la necesito -le digo, sorbiéndome los mocos. Quédatela.”

[Algunas páginas anteriores más, las expresiones se repiten, el gran vals se acerca]:

“Un-dos-tres, un-dos-tres. El último gran vals se acerca cada vez más. Un-dos-tres, un-dos-tres.”

[Todavía antes, página 255 y siguientes]:

“Como pasó aquel día en el patio de la facultad, todo a partir de ahí sucedió a doble velocidad. Tal vez era porque el coche se acercó hacia la entrada al ralentí, y el guardia jurado salió a cámara lenta, y cuando dijo Buenas Noches hacia la ventanilla de Marco Cara su voz sonó deforme, como un disco a la velocidad equivocada.

-Buuuuuueeeeeeennnnaaaassss       nnnnooooccccheeeessssss.

-Un círculo de vaho surgió de su boca y se deshizo en el aire.

Ya no importaba. Marco Cara sacó a mil kilómetros por hora uno de aquellos noqueadores eléctricos que parecen artilugios de pelar patatas, se lo puso en el cuello con un przzz y en nada el cuerpo del agente se desplomó como una mochila pesada.

Tampoco pregunté por qué le habíamos noqueado.

Lo observé como sentado en la fila cinco de un cine. Como si todo fuera ficción.

[...]

Y yo, yo me quedé allí con el detonador.

[...]

Me sentí un astronauta flotando en el espacio, viendo la Tierra a lo lejos, sin gravedad, sin asideros. Buzz Aldrin. Yuri Gagarin.

[...]

Miré hacia arriba durante lo que parecieron días, pero fueron sólo minutos. Delante de mí estaba Marco Cara. Sus ojos soltaban un fulgor azulado dentro del pasamontañas rojo con visera.

[...] fui a un extremo del complejo, me senté en el suelo y me puse a mirar Barcelona como si no la hubiese visto nunca antes. Como sorprendido de que estuviera allí.

BUM

Una explosión así no puede contarse. Una explosión así uno tiene que oírla. O no oírla, porque, de hecho, todo es la explosión y, de repente, tú estás viviendo en ella, y lo irreal es el silencio. Y luego, la luz, y el fuego, y los artefactos voladores. Los oídos tapiados por cemento sónico. Fuego y cometas a mis espaldas, y cosas volantes, y relámpagos de luz. Mente en blanco. Nada de pensar.

Y entonces pensar: Me muero.

[...]

Y empezó a caer. Casi delicadamente, como si se agachara. En silencio, porque mis oídos sangraban.

[...]

¿Qué hay tras la cima? ¿Adónde vas una vez has culminado el gran momento? Estoy en la cima y toco, si estiro el brazo, la grandeza y el fin de la obsesión.

Me quité los zapatos y los pantalones y los calzoncillos y los calcetines, y noté cómo las agujas de la lluvia no me dolían y resbalaban sobre mi vello, y mis pies tocaban el suelo frío, blando, briznas de hierba me acariciaban entre los dedos. ¿Qué pasa luego, una vez estás en la cima? Dios mío, no puedo respirar. Caí de rodillas, desnudo. Por entre el agua de mis pestañas vi Barcelona, abriéndose y cerrándose como miles de berberechos luminosos, borrosa, como sumergida.

Grité por encima del estruendo silencioso.

Y al fondo del todo, como si surgiese del esqueleto de la torre caída, escuché a los Temptations cantar “Since I lost my baby” en sus trajes inmaculados, y todo estaba iluminado, y vi que la Gran Idea estaba allí, a un centímetro, y todo a mi alrededor era música hermosa, ruido, fuego, y noté de verdad una pasión imparable, que aparecía después de dejar caer todo el peso de las espaldas, y me puse en pie, y estaba en la cima, la cima, en el vórtice exacto, todo pasando a gran velocidad, el Gran Gesto, ardiendo, ardiendo.

Y entonces, de repente, vi con terror el futuro, desde allí, mojado y temblando, vi en un relámpago de iluminación final los días que habían de venir, y supe de inmediato que una vez has tocado la cima, todo lo que queda es descenso.

Todo lo que queda es caída.”

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